Lxs Niñxs Salvajes

Niñxs Salvajes

El insondable sendero  luminoso de la luna llena; medianoche a mediados de mayo en  un estado que empieza por “I”,  tan bidimensional que apenas puede decirse que posea geografía en  absoluto -los rayos tan urgentes y tangibles que tienes  que echar las persianas para  pensar en palabras-.Sin  duda escribir a  los  Niños  Salvajes.  Piensan  en imágenes; la prosa es para ellos un código aún no enteramente digerido y osificado, tal  como para  nosotros nunca ha  sido enteramente  de fiar.

Puedes  escribir sobre ellos, para  que otros  que hayan perdido la cadena de plata  puedan reanudarse.  O escribir para ellos, haciendo de HISTORIA y EMBLEMA un proceso de seducción hasta tus propios recuerdos paleolíticos, una tentación barbárica de libertad (el caos tal como CAOS lo entiende).

Para estas  especies de  otro mundo  o “tercer  sexo”, les enfants  sauvages,   la  fantasía  y   la  imaginación  aún   no  están diferenciadas.   JUEGO desbocado:  a la  una y  misma vez  la fuente  de nuestro arte y del eros más raro de la estirpe.

Abrazar el desorden  tanto como trampolín de  estilo y como almacén  voluptuoso,  un  fundamento  de  nuestra  extraña  civilización oculta, de nuestra estética conspiradora,  de nuestro espionaje lunático -ésta es la acción (encarémoslo) ya de un  artista de algún tipo, o de un niño de once o doce años-.

Esos niños traicionados por sus sentidos clarificados en un hechizo brillante de hermoso placer reflejan  algo tiznado y feraz en la naturaleza de la propia realidad: anarquistas ontológicos natos, ángeles del caos; sus gestos y olores corporales retransmiten a su alrededor una jungla  de  presencia,   un  bosque  de  presciencia   al  completo  con serpientes, armamento  ninja, tortugas, chamanismo  futurista, revoltijo increíble,  meadas,  fantasmas, sol, corridas,  nidos  y  huevos  de  pájaro; agresión  jubilosa contra  los mayores de esos  Planos Inferiores  tan impotentes para  englobar ni  epifanías destructivas  ni creación  en la forma de travesuras tan frágiles pero  tan afiladas como para rebanar un rayo de luna.

Y aún así los habitantes de estas dimensiones inferiores de poca monta  creen sinceramente que  controlan los destinos de  los Niños Salvajes; y  aquí abajo,  tan crueles creencias  de hecho  esculpen la mayor parte de la substancia de los acontecimientos.

Los  únicos que  efectivamente desean compartir más  que dictar  el travieso  destino  de esos  fugitivos  salvajes o  guerrillas menores, los  únicos que pueden entender  que amarse y desatarse  son un mismo acto; ésos son sobre todo  artistas, anarquistas, pervertidos, herejes, una banda aparte (tanto entre sí como del mundo) o sólo capaces de  encontrarse  como  podrían hacerlo  Niños  Salvajes,  intercambiando miradas a lo largo de la mesa  en la cena mientras los adultos farfullan detrás de sus caretas.

Demasiado   jóvenes  para   choppers  Harley; cateadores, break dancers, poetas  apenas adolescentes de llanos  pueblos de tranvía perdido; un millón  de  chispas cayendo  de los  cohetes  de Rimbaud  y Mowgli; esbeltos  terroristas cuyas estentóreas bombas  se compactan con amor polimorfo y preciosos restos de la cultura popular; pistoleros punk soñando  con  ponerse pendiente,  ciclistas  animistas  planeando en  el anochecer de  peltre a  través de  las calles  de protección  oficial de flores  accidentales; bañistas gitanos fuera  de temporada,  sonrientes ladrones de  tótems de  poder, de monedas  sueltas y  cuchillos de  hoja de pantera que  miran de reojo  -los intuimos por todas  partes- publicamos esta  oferta  para  cambiar  la  corrupción de  nuestra  propia lux  et gaudium por su dulce y perfecta porquería.

Así que atiende: nuestra realización, nuestra liberación depende de la de ellos; no porque remedemos a la Familia, esa “usurera del amor”  que nos tiene rehenes de un futuro  banal, ni al  Estado que nos  escolariza para  hundirnos  bajo  el horizonte  de  eventos de  una plúmbea “utilidad”  -no- sino porque nosotros y ellos, los salvajes, somos unos imágenes  de los otros, estamos atados y  delimitados por esa cadena  de  plata  que  define  el  margen  de  la  sensualidad,  de  la transgresión y la visión.

Compartimos los mismos enemigos y nuestros medios de escape triunfal son también los mismos: un juego delirante y obsesivo, impulsado por la brillantez de los lobos y los niños.

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