Lxs Niñxs Salvajes

Amour fou


El amor  fou no  es democracia  social, no  es un  parlamento de  dos.  Las actas de sus reuniones secretas tratan de significados demasiado enormes aunque demasiado precisos para la prosa. Ni esto, ni aquello -su libro de emblemas tiembla en tus manos-.Naturalmente  se  caga en  los  maestros  de escuela y la policía, pero se burla de ideólogos y liberacionistas también -no es una habitación limpia  y bien  iluminada-.  Un charlatán  topológico proyectó sus pasillos  y parques  abandonados, su  decoración emboscada  de negro luminoso y rojo maníaco membranoso.

Cada uno  de nosotros es dueño  de la mitad del  mapa; como dos potentados del renacimiento definimos  una nueva cultura con nuestra mezcla anatema de cuerpos, con nuestra emulsión de fluidos -las junturas imaginarias de nuestra ciudad estado se desdibujan en nuestro sudor-.

El  anarquismo   ontológico  nunca  volvió  de   su  última excursión de pesca.   Mientras nadie se chive al FBI,  a CAOS le importa poco el futuro  de nuestra civilización.  El amour fou  sólo se cría por accidente -su  objetivo principal  es la ingestión  de la  galaxia.  Una conspiración para la transmutación.

Su único interés por la Familia reside en la posibilidad de incesto  (“;Críatelos  tú!” “l;Cada  humano un faraón!”) -l;Oh mi  más sincera lectora, mi  semejante, mi hermana!- y en la  masturbación de un niño descubre oculta  (como en la pelota de una  flor de papel japonesa) la imagen del desmoronamiento del Estado.

Las palabras pertenecen al que  las usa sólo hasta que otro las vuelve a robar.  Los surrealistas se desgraciaron al vender el amour fou  a   la  máquina  fantasma   de  la  abstracción; buscaron   en  la inconsciencia, y en esto siguieron a  de Sade (que sólo quiso “libertad” para que adultos blancos destriparan a mujeres y niños).

El amour fou está saturado  de su propia estética, se colma hasta los propios bordes con las  trayectorias de sus gestos, marcha con relojes  de  ángeles,  no  es  el destino  oportuno  para  comisarios  y tenderos.  Su  ego se evapora en  la mutabilidad del deseo,  su espíritu comunal se marchita en el egoísmo de la obsesión.

El  amour fou  implica  una sexualidad  no ordinaria en  la medida en que  la brujería exige una conciencia  no ordinaria.  El mundo anglosajón post-protestante canaliza toda su sensualidad reprimida hacia la publicidad y  se escinde en turbas  enfrentadas: mojigatos histéricos contra clones promiscuos y antiguos ex-solteros.  El AF no quiere unirse al ejército de nadie, no toma parte  en las guerras de género, se aburre con la igualdad de oportunidades en  el empleo (de hecho rehusa trabajar para vivir), no  se queja, no da explicaciones, nunca  vota y nunca paga impuestos.

Al AF  le gustaría ver  gestar y  nacer a cada  bastardo; el AF prospera con ardides antientrópicos; al AF  le encanta que lo acosen los niños; el AF es mejor que una oración, mejor que la sinsemilla; el AF lleva la luna y  las palmeras allá por  donde va.  El AF admira  el tropicalismo, el sabotaje, el break dance, a Layla y Majnum,  el olor de la pólvora y del esperma.

El AF es siempre ilegal, ya vaya disfrazado de matrimonio o de tropa  de boyscouts; siempre borracho,  ya en  el vino  de sus  propias secreciones o en  el humo de sus propias virtudes  polimorfas.  No es el trastorno de los sentidos sino más bien su apoteosis -no el resultado de la libertad  sino su  precondición-.  Lux et voluptas.

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